La tarde fenecía
con un trazo escarlata en el crepúsculo
horizontal, estático, patético
como el grito de la sangre
de lo que se resiste
a no ser.
Aunque al fin siempre ganen las sombras.
Sobre los muertos
siempre crecen más altos los trigos.
Cayeron como cosecha
recién segada,
como heno de amapola
decapitada.
Sobre los muertos
siempre crecen más altos los trigos.
Cayeron, pero su ausencia
fue un agujero amargo entre los suyos,
un faltar palpitante, un hueco vivo,
un vibrante silencio …,
una cuenta
permanentemente
mal saldada
un crimen, una afrenta
flagrante,
sin castigo
Sobre los muertos
siempre crecen más altos los trigos.
Los asesinos
se equivocaron,
los cómplices
se equivocaron,
los tibios
se equivocaron,
los cooperadores necesarios
se equivocaron
los cobardes, en su silencio,
se equivocaron:
porque nadie grita más alto que los muertos
mal enterrados.
Los patéticos huesos,
desperdigados,
suenan como mil goznes
mal engrasados,
como ejes de mil carros
desvencijados,
chirrían y claman …
obstinados.
Sobre los muertos
siempre crecen más altos los trigos.
Y estamos aún así,
junto a los trigos,
junto a tapias melladas por disparos,
junto a nobles cunetas de caminos,
junto a los pozos secos …
y los barrancos,
al pie de los olivos …
siempre a la espera …
Sobre los muertos
siempre crecen más altos los trigos.
Al fin los tristes huesos
van brotando
hambrientos de ataúd
y camposanto,
de registro civil,
juez y notario,
del raudal de las lágrimas
y el llanto,
del dolor diferido …
y del olvido en paz …
tan deseado.
Sobre los muertos
siempre crecen más altos los trigos.





